DIA OCTAVO. RUIDO Y SILENCIO


Sentado como estaba hace un rato en mi balcón, sobre los cinco carriles vacíos de la avenida Callao, me he acordado repentinamente del tiempo en el que corría sobre las piedras del Claustro del Monasterio de San Zoilo, un edificio milenario enclavado justo en la mitad geográfica del Camino de Santiago, el clásico, el que va desde Roncesvalles hasta la tumba del santo, en Santiago de Compostela. Mi patio de juegos, yo apenas tenía diez años, era un lugar considerado como una de las maravillas del plateresco mundial y nosotros no lo sabíamos. Ajenos a ello, jugábamos a buscar, en una habitación contigua donde se almacenaban los sarcófagos de los condes y encendíamos cerillas junto a las rendijas que se abrían entre éstos y la piedra que los cubría para intentar ver los esqueletos de quienes allí descansaban.

Carrión de los Condes, un hermoso pueblo castellano,  guarda en sus calles varios de los mejores ejemplos del románico. Los domingos salíamos a pasear cruzando el puente sobre el río Carrión, que separa el Monasterio del núcleo de casas. En la calle Mayor, antes de llegar a la iglesia de Santiago que mira prácticamente a la plaza, había una parada ineludible en la pastelería en la que, en riguroso orden y sin alterarse, comprábamos un jerigüay y una pantortilla. Esa bebida y el dulce eran el momento de placer en mitad de una fría tarde de domingo que anunciaba lunes de matemáticas y geografía.

El jeriguay era una bebida de naranja que en ese caso se mezclaba con agua en mayor o menor proporción, según la ganancia que los dueños de la pastelería quisieran extraerle. Las pantortillas, un dulce elaborado a base de hojaldre, de forma plana y redonda, con una crema pastelera, también en mayor o menor proporción, por el mismo motivo. Pero nosotros, que no entendíamos de especulación, ni gozábamos de un criterio que nos convirtiera en expertos gastronómicos, disfrutábamos de aquel momento como el reo ante su última cena. Y luego, después de una vuelta por la plaza del pueblo, de regreso al internado, volviendo a cruzar el puente al caer la tarde de invierno.

La Castilla que me vio nacer es muy distinta a este amasijo de edificios de cemento, hormigón y ladrillo. El sonido de los pájaros en los pueblos, de las hojas de los árboles mecidas por el viento en las tardes de otoño, nada tiene que ver con las sirenas, el tráfico, los motores de los autobuses, los silbatos...

Quizás por eso, ahora que la avenida en la que vivo, en otras ocasiones imposible de disfrutar desde el balcón abierto porque el ruido y la contaminación impide otra cosa que no sea cerrar las ventanas, es posible que la soledad del asfalto me haya recordado al silencio castellano de cualquier tarde de otoño, cuando el tiempo parece que se detiene, y todo se vuelve eterno.

De niños, cuando atravesábamos despacio el claustro del Monasterio de San Zoilo, en el aire se escuchaba únicamente cómo nuestros zapatos pisaban las piedras desgastadas de aquella maravilla arquitectónica.

Puede que después de todo esto los seres humanos nos fijemos más en esos sitios donde el tiempo parece detenido, donde se aprecia el silencio, que no es otra cosa que el sonido de la naturaleza. Seguramente, después de esta pesadilla, todos busquemos lugares en los que beber agua limpia, alimentarnos mejor, tener más tiempo para nosotros. Por ahora, vamos a tener que pensar sobre cómo hemos enfocado nuestras vidas y si ese es el modelo que queremos para lo que nos quede.

Aunque, claro. Hacer planes en este momento es muy arriesgado, no es que quiera yo ser negativo...

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