DIA SEGUNDO. LA VENTANA INDISCRETA


Mi balcón da a la película “La ventana indiscreta”. Frente al edificio en el que vivo hay una torre de más de veinte pisos y a su lado otro de considerable altura, cuya pared frontal es prácticamente de cristal. En uno de los ventanales, una mujer mira la calle apoyando su cara en ambas manos, con cara de aburrida. Tres pisos más arriba una pareja deambula por la casa colocando cosas, en un frenético ir y venir, como si fueran a llegar visitas, lo que no ocurrirá evidentemente. Estoy en completo desacuerdo con la lámpara de mesa situada en la esquina del salón, junto a la ventana. Es desacorde con el resto del mobiliario. Alguien lee tumbado en su cama en el cuarto piso del edificio de cristal. Y varios televisores permanecen encendidos con los informativos disparando noticias en torno al coronavirus, sus estadísticas, el número de contagiados y los muertos que esta peste actual se está llevando consigo.

Hacemos las cosas más variopintas para llevar lo mejor posible este encierro obligatorio. De repente, es como si nos hubieran dado la orden de, además de no salir, mostrarle al mundo nuestras capacidades desde la sala o la ventana de nuestra casa, como si de un macro festival de habilidades se hubiera inaugurado en sustitución de todos aquellos que se suspendieron como consecuencia de la pandemia. Y entonces, miles de cantantes, bailarines e instrumentistas aficionados del mundo se graban perpetrando canciones y coreografías que luego envían a través de las redes sociales sin ningún pudor. Unos recitan poemas, otros narran historias, los hay que cuelgan recetas de cocina que dan como consecuencia platos con mejor o peor aspecto, aparecen los chamanes, gurús, especialistas en virología, portadores de teorías conspiratorias, optimistas incombustibles y quienes están convencidos de que vamos a morir todos sin remedio. En este mundo marcado por el miedo, la desesperación y la preocupación sobre el futuro, uno de los fenómenos a contemplar es el exhibicionismo al que nos hemos entregado que, bien mirado, no es otra cosa que la necesidad voraz de comunicación que el ser humano ha experimentado siempre y que ahora, que nos vemos todos en la situación de no poder satisfacer de manera directa, canalizamos obsesivamente a través de la pantalla de un Smartphone.

Digo yo que, si salimos de ésta, a lo mejor nos da por valorar más los abrazos y los besos. No sé… quizás porque lo mismo se decide regulados legalmente por una cuestión de seguridad sanitaria y el espacio personal, esa distancia que todos convenimos entre interlocutor e interlocutor cuando nos encontramos en la calle o cuando estamos juntos en casa, se amplía. A lo mejor deja de haber parejas de la mano por la calle, arrumacos de cariño… y entonces recordaremos con nostalgia cómo es el contacto con la piel del otro, la sensación de una caricia o una mano sobre la tuya como muestra de afecto.

¿Puede el miedo terminar con la intimidad? Se antepondrá la seguridad al efecto que produce un abrazo? Se acabarán los hombros para llorar un rato? Las relaciones virtuales, en las que una pantalla nos une, pero también nos separa, terminarán siendo la norma mediante la cual se comuniquen las generaciones del futuro?

No quiero imaginar los cumpleaños de la abuela en los que las reuniones familiares se producen a través de multipantalla, o dejar de asistir a la liturgia que supone entrar en un teatro, oler la madera de los artesonados, sentarte en tu butaca y mirar el escenario en el que escuchar las respiraciones y los gestos de los actores y tener que asistir fríamente a una representación por streaming...

Por ahora, me sentaré a la sombra, en mi balcón, con una de mis últimas cervezas. Creo que, en el séptimo piso, la vecina sale de la ducha.

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