DIA SÉPTIMO. AQUELLOS LUGARES COMUNES


La calle estaba vacía hace un minuto, cuando asomé al balcón en el sexto piso de un edificio en uno de los barrios más conocidos de Buenos Aires, en plena Recoleta. Desde aquí puedo ver el cruce de las avenidas de  Callao y Santa Fe, a escasos metros de una de las librerías más hermosas del mundo, El Ateneo, instalada en un antiguo teatro, el Grand Splendid, reconvertido hace años en un lugar en el que el tiempo se detiene cuando paseas en lo que fue el patio de butacas o los palcos y plateas llenos ahora de estanterías con libros. En el escenario se ha instalado una cafetería en la que puedes disfrutar de un tentempié mientras lees cualquiera de los volúmenes que se encuentran en el establecimiento.

Recuerdo ahora la cantidad de ocasiones en las que he podido grabar en mis retinas la imagen del local desde el escenario, con los palcos iluminados y una visión tan impactante y relajante al mismo tiempo que hacían del inicio de mis mañanas un aliciente.

Echamos de menos muchas cosas ahora que estamos encerrados en nuestras casas. Aquellas actividades que nos parecían un acto mecánico sin mayor importancia se convierten en un proyecto que quisiéramos realizar encantados como si fuera algo extraordinario. Cuántas veces, hasta hace poco, se producían debates en multitud de hogares, a la hora de decidir quién sacaba al perro a dar una vuelta y ahora, incluso los que no tenemos mascotas, pensamos lo bien que nos habría venido uno para poder dar un paseo al menos un par de veces al día...

Es cierto que uno quiere lo que no tiene. Cuántas veces pensamos en lo maravilloso que sería disponer de unos días para no hacer nada, para quedarnos en casa y simplemente no hacer nada. Y en este momento hay multitud de paseos que se nos ocurren y viajes a lugares que creíamos olvidados, donde nos hemos prometido que regresaremos cuando todo esto termine.

Yo volveré a sentarme en la terraza de El Ateneo para saborear un café mientras contemplo el panorama que ofrece el magnífico espacio rebosante de libros y de gente que va y viene entre las estanterías. En realidad, seguramente durante los primeros días, tendremos los sentidos más agudizados a la hora de disfrutar los matices que nos aporta la calle, los lugares públicos, los espacios compartidos, el olor a la hierba recién cortada en los parques, el sonido de los pájaros desde cualquier banco, a la sombra de un Ceibo.

Por cierto, ahora que lo pienso: una de las cosas que llaman la atención al llegar a Buenos Aires es que no hay calle que no tenga una hilera de árboles en cada una de sus veredas y que en todas las plazas la sombra de una vegetación profusa adorna y refresca el ambiente caluroso y húmedo de esta ciudad. Es algo que contrasta con la ausencia de vegetación en las calles y plazas castellanas, donde paulatinamente el verde se ha ido cambiando por cemento y no hay modo de buscar una sombra cuando la canícula aprieta. Imagino que eso tiene mucho que ver con el valor que en cada lugar del mundo le damos a la vegetación. En nuestras ciudades de Castilla hemos visto desaparecer arbolado de plazas, calles y jardines con la impunidad de quien está por encima del cuidado del medio ambiente. Y esas cosas, este es un maravilloso momento para recordarlas, se terminan pagando tarde o temprano.

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